June 25

Alegoría de la vida

El balón comienza a rodar. 90 minutos nos separan de saber quién es el ganador. El mundo entero se paraliza y se concentra en un único acontecimiento: La final del Mundial.

Pasa el tiempo, el reloj corre, los jugadores corren. Todos tratan de alcanzar un objetivo único, que los hará los mejores durante 4 años. La felicidad de los que venzan reinará sobre la tristeza de los que sean vencidos.

Tras golpes, patadas, empujones, jalones, rasguños, mordidas y cabezazos finalmente llega el momento tan ansiado por la afición. La angustia se libera, la tensión se rompe, el nudo de la garganta que estaba conectado con el nudo del estómago se sueltan por fin para poder gritar a todo pulmón.

El gol es el momento más sublime del fútbol. Y más aún si llega de último minuto, si representa la culminación de los sueños de millones, del trabajo de cientos, del talento de algunos y de la pasión del mundo.

El mundo es un balón. Un balón que juega a girar con chanfle al rededor de su guardameta el Sol.

La vida… la vida es bastante complicada como para explicarla a través de algo tan simple como el fútbol. Sin embargo, la simpleza y la trivialidad de algo que nos hace tan felices y nos permite explotar de júbilo con cada anotación, nos recuerda que somos una partícula diminuta en el universo. Nos recuerda que así como nosotros pateamos un balón para divertirnos, hay un balón enorme girando en el universo, en el cual estamos parados.

¿No será que en realidad toda la vida es un juego? ¿Que tantas preocupaciones, angustias, tensión, los nudos y los problemas de la vida, pueden romperse a través de una anotación? Quizá todas estas pruebas que la vida nos da no son más que defensas protegiendo la meta. Hay que fintarlos a todos, romperles la cadera, hacerles un túnel y meterles un gol.

Y será entonces, cuando venzamos a ese guardameta que nos mantiene en la Tierra, que haremos el gol más importante de nuestras vidas. El último. El definitivo. El que nos hará inmortales, infinitos. Y al silbar el árbitro el final de la partida nos dedicaremos a celebrar; aunque el llanto de los que se queden disminuya el festejo. Al final, la felicidad de los que se van reinará sobre la tristeza de los que se quedan. Porque no importa cuántos partidos se terminan, en algún otro lugar del mundo, en ese instante, un partido comienza. El balón comienza a rodar.

A Mario Benedetti

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